Los antecedentes históricos de Castilla-La Mancha

La Comunidad Autónoma de Castilla-La Mancha, integrada por  las provincias de Albacete, Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara y Toledo, se constituyó formalmente en 1982, tras la aprobación de su Estatuto de Autonomía por la Ley Orgánica 9/1982, de 10 de agosto, publicada en el B.O.E. del 16 de agosto. Castilla-La Mancha es, por tanto, fruto directo del sistema de organización territorial y política de España previsto en el Título VIII de la Constitución de 1978.

Bicha de Balazote

Bicha de Balazote (Albacete)

Esta Región no es una de las llamadas nacionalidades históricas, pero eso no quiere decir que sea una Comunidad sin Historia: Castilla-La Mancha ha estado poblada desde la prehistoria, como lo testimonian los restos del paleolítico hallados en Alpera y Minateda (Albacete), los del neolítico en Valdepino (Cuenca), y los del bronce, fechados hacia el 2500 a.C. Las primeras fuentes escritas aparecen de la mano de griegos y romanos en los siglos V y IV a.C. y nos dan noticia de los primitivos pueblos iberos en Albacete, o celtíberos en Guadalajara. De esta época datan la Bicha de Balazote y la Dama oferente del Cerro de los Santos, obras maestras de estos pueblos prerromanos.

A partir del año 193 a.C. (batalla de Toletum) se inició la ocupación romana, se fundaron nuevas ciudades (Segóbriga y Valeria, entre otras), se revitalizaron otras, como Toletum u Oretum, y se construyó una importante red de vías de comunicación y otras obras públicas. Administrativamente, el territorio de la actual Castilla-La Mancha estuvo repartido entre las provincias en que se había organizado la Hispania romana: Bética, Lusitania, Tarraconense y Cartaginense.

Otro hecho importante en esta etapa es la cristianización de los habitantes de la región, que era casi total a finales del siglo III d.C.

En el siglo V, los pueblos germánicos que acosan al decadente imperio romano comienzan a realizar incursiones por el territorio de Castilla-La Mancha. El más importante de estos pueblos, el visigodo, que se había establecido en la península en el 507, al ser expulsados de Tolosa (actual Toulouse, en Francia) por los francos, fija la sede de su reino en Toledo en época de Atanagildo (555-567).

La Monarquía visigoda reemplaza entonces el poder de Roma, estableciendo un sistema jurídico y administrativo que puede considerarse como la primera estructura estatal propia de la Península Ibérica, con centro político en Toledo.

 

Europa en el siglo VII

EL REINO DE TOLEDO

El reino visigodo de Toledo comenzó a cobrar entidad durante el reinado de Leovigildo (568-586). Este monarca consiguió implantar un dominio político efectivo en la mayor parte del territorio peninsular, imponiéndose a la aristocracia hispanorromana de la Bética (573-576) y anexionando el reino suevo de Galicia (585). Toledo se convertirá entonces en el centro político y religioso (“Urbs Regia”) de la España visigoda, allí se celebrarán los famosos Concilios y se coronará a los nuevos reyes de una monarquía que abarcaba entonces la mayor parte de la península ibérica, y la totalidad de lo que hoy es Castilla-La Mancha.

Tras una primera etapa de división y conflictos entre los dominantes visigodos y la mayoritaria población hispano-romana, Recaredo consigue la unidad religiosa en torno al catolicismo en el III Concilio de Toledo (589). La unidad jurídica se conseguiría con la promulgación por Recesvinto del “Liber Iudiciorum” (654), primer código de ámbito territorial y no personal, por el que debían regirse todos los jueces, tanto los visigodos, como los hispano-romanos, que hasta entonces se habían regido por normas diferentes.

El Reino de Toledo pervive hasta comienzos del siglo VIII en que la fragmentación del Estado Visigodo y las luchas internas por el poder, facilitan la invasión musulmana. El último rey de Toledo, Rodrigo, fue derrotado y probablemente muerto por los musulmanes en la batalla de Guadalete (711); con él desapareció el Reino de Toledo, hasta su reaparición como reino “taifa” a comienzos del siglo XI.

La Taifa de Toledo

 

Mezquita del Cristo de La Luz o "Bab Al-Mardum"

Mezquita del Cristo de La Luz o "Bab Al-Mardum" (Toledo)

Los reinos de "taifas" habían nacido de la disgregación del Califato de Córdoba a comienzos del siglo XI. Los principales, además del de Toledo, fueron los de Sevilla, Badajoz, Zaragoza, Valencia, Denia, y Granada, aparte de otros menores, como Niebla o Almería. Todos ellos tuvieron una extensión muy variable a lo largo de su historia, aunque el de Toledo abarcó la mayor parte del actual territorio regional, (ver mapa) en permanente disputa con los reinos fronterizos.

Ismail Dahfir del clan bereber de los Beni Dilnun, es el primer monarca del nuevo Reino de Toledo, tras proclamar su independencia de Córdoba en 1036.

El segundo, Abul asan Yaya ben Ismail ben Dylinun al-Mamún (1038-1075), conocido en las crónicas cristianas como "Almamún" o "Alimenón", fue considerado el más poderoso de los soberanos musulmanes de su tiempo. Conquistó Córdoba y Valencia, y a su vez fue ayudado a conquistar el trono por Fernando I de Castilla y León. Posteriormente se enfrentó con él, siendo derrotado y convirtiéndose en tributario de los reyes castellano-leoneses. Fue conocida su amistad con Alfonso VI, a quién dio asilo cuando éste fue destronado por su hermano, Sancho II. Almamún murió envenenado en Córdoba, en 1075, cuando acababa de conquistarla con la ayuda de Alfonso.

El último rey musulmán de Toledo fue Yahya ben Ismail ben Yahya Al-Kadir (1075-1081), nieto del anterior. Éste perdió las conquistas realizadas por su abuelo, así como las provincias al sur del río Tajo. También tuvo que enfrentarse a la sublevación de sus súbditos, divididos en dos facciones: por un lado los musulmanes, que eran partidarios de una ruptura de la alianza con Castilla y del acercamiento a los otros reinos musulmanes, apoyados por el rey Al-Mutawakkil de Badajoz; y por otro los mozárabes (cristianos que habían mantenido su fe) y judíos, partidarios de la alianza con Castilla e incluso de la anexión.

En 1080, Al-Mutawakkil entró en Toledo, mientras Al-Kadir se refugiaba en Cuenca. En 1081, Al-Kadir cedió sus derechos sobre Toledo al rey Alfonso VI de Castilla y León, a cambio de que éste le ayudara a reconquistar el trono de Valencia.

 

 
Alfonso VI. Rey de León y Castilla
Alfonso VI

 

La Reconquista

Después de la cesión de Toledo, Alfonso VI aún tardó cuatro años en entrar en la ciudad. Para mantener su honor, la población de Toledo había llegado a un acuerdo secreto con el rey castellano, mediante el cual Alfonso "atacaría" a los toledanos durante cuatro años, después de los cuales éstos se rendirían. De esta forma, la ciudad de Toledo se entregó a los castellanos el 6 de mayo de 1085, entrando el rey en la ciudad el 25. La toma de la ciudad de Toledo y la incorporación de estos territorios a la Corona de Castilla constituyen un momento crucial en la Reconquista que hizo cambiar sustancialmente la relación de fuerzas en la España medieval.

La reconquista de Toledo supone, sobre todo, un cambio en la relación de fuerzas entre la España cristiana y la musulmana. Antes de esta conquista el poderío musulmán era superior en todos los ámbitos (militar, cultural, etc.). Sólo sus frecuentes periodos de división y guerra civil (conocidos como "fitna") habían permitido a los reinos cristianos sobrevivir e incluso expandirse. Tras la conquista de Toledo la situación se invertirá a favor de los Estados cristianos, y sólo la intervención norteafricana (almorávides, almohades y benimerines) retrasará la derrota final de la España musulmana hasta finales del siglo XV.

Alfonso X "El Sabio"

Alfonso X

Por otro lado, supone también un cambio en las relaciones entre los diferentes reinos cristianos: hasta la conquista de Toledo, León, considerándose heredero del antiguo reino visigodo, reclamaba su supremacía sobre los demás Estados ibéricos. La incorporación del Reino de Toledo a Castilla, siendo Toledo la antigua capital visigoda y la sede episcopal más importante de España, aportará a este reino la base teórica sobre la que reclamar su supremacía.

No sin dificultades, con avances y retrocesos, pero sin perder ya más Toledo, la reconquista continuó durante los siglos XI, XII y XIII. Con Alfonso VI, además de Toledo, se reconquistó Guadalajara; en el reinado de Alfonso VIII se recuperaron Cuenca y Alcaraz, y la reconquista del territorio culminaría bajo los reinados de Fernando III “El Santo” y Alfonso X “El Sabio”, pudiendo considerarse finalizada en nuestra región con la toma de Montiel en 1233. Ver mapa de la Reconquista en Castilla-La Mancha.

Estandarte de Fernando III

Estandarte real de Fernando III

A partir de este momento, la historia del reino toledano y del resto de Castilla-La Mancha coincide con la de Castilla y con la de España, sin embargo, el recuerdo del antiguo Reino visigodo que había tenido cierta continuidad en el Reino Taifa del mismo nombre, hizo que, al menos nominalmente, se conservara la denominación de Reino de Toledo para estos territorios, que abarcaban la mayor parte parte de lo que hoy es Castilla-La Mancha.

Con los Reyes Católicos, la división entre los reinos de Castilla y Toledo se cambiará por la de Castilla la Vieja - Castilla la Nueva (la provincia de Albacete, fronteriza con los territorios de la Corona de Aragón, pertenecería al Reino de Murcia), pero el título de Rey de Toledo se había incorporado ya a los que ostentaba el Monarca castellano y, más tarde, los Reyes de España.

 

LAS ÓRDENES MILITARES

Durante el proceso de la Reconquista y en el periodo que siguió a ésta se hizo necesario repoblar y defender las tierras recién recuperadas. En esta tarea, además de en la propia guerra jugaron un papel esencial las Órdenes Militares. Transformada la Reconquista en una Cruzada, y derivándose de la propia estructura del territorio, extenso y poco poblado, fueron estas institu­ciones, mitad religiosas y mitad militares, las que reafirmaron el dominio cristiano en toda la parte sur del reino castellano. Este territorio, conocido como "La Mancha" (palabra de etimología árabe, para designar un país seco), fue conquistado y administrado por tres Órdenes: la de Calatrava, la de Santiago y la de San Juan.

Castillo de Calatrava La Nueva

Castillo de Calatrava La Nueva

La Orden de Calatrava, nacida con regla del Císter, fue fundada en 1158 por el Abad de Fitero, respondiendo al encargo del rey Sancho III de defender la villa y castillo de Calatrava (actual Calatrava la Vieja, cerca de Carrión de Calatrava); fue confirmada por Bula del Papa Alejandro III el 26 de septiembre de 1164. Los caballeros de Calatrava participaron activamente en la Reconquista castellana, en especial el asalto a Cuenca (1177), en la Batalla de las Navas de Tolosa (1212), y en las campañas de Fernando III en Andalucía (1218/1250); contribuyeron eficazmente a someter a los musulmanes sublevados durante el reinado de Alfonso X el Sabio, y, frente a este rey, apoyaron a su hijo Sancho IV en 1282. Su colaboración fue premiada por los reyes con cuantiosos donativos, que hicieron de la Orden una de las potencias económicas de Castilla y Aragón, hasta el punto que, en los siglos XIV y XV, tenía dos grandes encomiendas en Calatrava y Alcañiz; ochenta y cuatro encomiendas menores y setenta y dos iglesias; y sus maestres ejercían jurisdicción sobre doscientas mil personas. La sede de su Priorato estuvo principalmente en Almagro y su fortaleza más importante en Calatrava La Nueva.

La Orden de Santiago, la última en el tiempo de las grandes ordenes castellano-leonesas, fue creada el 1 de Agosto de 1170 por el caballero leonés Pedro Fernández. Sus freires adoptaron inicialmente el nombre de "freires de Cáceres", por ser éste el primer lugar que les fue concedido por Fernando II; al año siguiente, el arzobispo de Santiago recibió al maestre de la nueva Orden como canónigo de la iglesia compostelana y dio a sus caballeros el nombre de Santiago. Esta orden nació para luchar contra los musulmanes de la península, contra los africanos después, y por último, y sólo en el caso de que ambos grupos fueran vencidos, los freires se proponían combatir al Islam en Jerusalén.

Caballeros de San Juan combatiendo a los turcos

La política militar de los Reyes de Castilla, León y Portugal a fines del siglo XII y comienzos del siglo XIII no podría explicarse sin la existencia de los santiaguistas; las campañas andaluzas de Fernando III deben su éxito a ellos, y sin el concurso decisivo del maestre Pelay Pérez Correa no habría sido posible la conquista de Sevilla en 1284, ni la sumisión de los mudéjares sublevados en 1266.

En Castilla-La Mancha, además de diversos castillos en el Campo de Montiel, el centro de su dominio era la comarca conocida como "El Común de la Mancha", del que formaban parte las poblaciones de Campo de Criptana, Mota del Cuervo, Quintanar, Socuéllamos y El Toboso, entre otros; muchos de ellos con la denominación de “de Santiago” o “de la Orden”, en su toponimia. Su centro más importante en la Región fue el Monasterio de Uclés.

La Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén (conocida también como Orden de Malta, desde que el emperador Carlos V les cediera la posesión de esta isla), hace su aparición en Castilla por carta de dona­ción de Consuegra por Alfonso IX en 1183; siendo posteriormente confir­mada por el Papa Lucio III. Aparte de la villa citada, que fue su primera capital, el Priorato de la Orden estaba constituido por las de Madridejos, Camuñas, Herencia, Urda, Tembleque, Villacañas, Villarta, Arenas y Turleque, con el nombre de "Priorato de Castilla" y capital en Consuegra; y las de Villafranca, Quero, Alcázar y Argamasilla de Alba, con el nombre de "Priorato de León" y capital en Alcázar de San Juan. Esta subdivisión fue consecuencia del litigio ha­bido entre don Diego de Toledo, hijo del Duque de Alba, y don Antonio de Zúñiga, resuelto por Carlos I de modo salomónico.

El Concordato de 16 de marzo de 1851 supuso el final de las jurisdicciones privilegiadas, incluyendo las de estas tres Ordenes, así como algunas otras de la Península (Montesa, Alcántara), y aunque ya mucho antes habían perdido su independencia jurisdiccional con respecto a los soberanos españoles, sus nombres han persistido en la toponimia manchega.

 

 

 

Castilla-La Mancha:

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heráldicos

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